Las
conquistas de amor son las mejores decía mi abuela, son legitimas y libres de jaulas.
Felipe tenía 20 años recién cumplidos cuando
conoció a Alma aquel domingo apenado. La vio en la vereda del frente a la suya, caminando a la misma
dirección. Alma vestía un vestido azul, con puntillas blancas y unos zapatos lustrados de charol brillantes. Felipe se quedó atónito por un momento, observaba la imagen más
pulcra que se le había cruzado por los ojos hasta ese momento, la imagen seráfica y tierna de Alma, su pelo
negro que bailaba con cadencia de vals, esa carterita misteriosa de cuero
añejo que llevaba como si cargase un tesoro importante. <<Es imposible que en el pueblo haya un
ángel, me hubiera llegado el chisme>>, pensó en estado de estupefacción. Él, quien estudiaba teatro en el centro cultural del pueblo hace ya diez
años, no dudo mucho y se tiro al piso gritando de dolor fingiendo una pierna
rota con una concentración que jamás había podido lograr, el momento fue tan
intenso y compenetrarte que hubo hasta lagrimas que ilustraron la acción, sin
embargo nunca supo si su llanto fue porque la escena teatral lo ameritaba o
porque Alma siquiera dio vuelta
mirar. Cuando Felipe decidió levantarse,
dejando en el piso su dignidad y su buen juicio, Alma se alejaba ya cuatro
cuadras de él. Decidió seguirla, rengueando por si ella se dignaba a darse vuelta. Después de dos cuadras de seguimiento Felipe
se dio cuenta que los dos se dirigían al
mismo destino, a la clase de pintura abierta que daba la señora Matilde todos
los domingos en la plaza. Alma llego y se sentó de la forma más exquisita que
nadie se haya sentado nunca en un tronco de un árbol caído. Él se sentó atrás
de ella, para poder observarla y oler el perfume de su pelo tranquilo, sin
miedo a que lo descubran.


No hay comentarios:
Publicar un comentario