sábado, 1 de septiembre de 2012

Al lado del mar I


Las conquistas de amor son las mejores decía mi abuela, son legitimas y libres de  jaulas.
 Felipe tenía 20 años recién cumplidos cuando conoció a Alma aquel domingo apenado. La vio en la vereda del  frente a la suya, caminando a la misma dirección. Alma vestía un vestido azul, con puntillas blancas y unos zapatos lustrados de charol brillantes. Felipe se quedó atónito por un momento, observaba la imagen más pulcra que se le había cruzado por los ojos hasta ese momento,  la imagen seráfica y tierna de Alma, su pelo negro que bailaba con cadencia de vals, esa carterita misteriosa de cuero añejo que llevaba como si cargase un tesoro importante. <<Es imposible que en el pueblo haya un ángel, me hubiera llegado el chisme>>, pensó en estado de estupefacción. Él, quien estudiaba teatro en el centro cultural del pueblo hace ya diez años, no dudo mucho y se tiro al piso gritando de dolor fingiendo una pierna rota con una concentración que jamás había podido lograr, el momento fue tan intenso y compenetrarte que hubo hasta lagrimas que ilustraron la acción, sin embargo nunca supo si su llanto fue porque la escena teatral lo ameritaba o porque Alma siquiera  dio vuelta mirar.  Cuando Felipe decidió levantarse, dejando en el piso su dignidad y su buen juicio, Alma se alejaba ya cuatro cuadras de él. Decidió seguirla, rengueando  por si ella se dignaba a darse vuelta.  Después de dos cuadras de seguimiento Felipe se dio cuenta que  los dos se dirigían al mismo destino, a la clase de pintura abierta que daba la señora Matilde todos los domingos en la plaza. Alma llego y se sentó de la forma más exquisita que nadie se haya sentado nunca en un tronco de un árbol caído. Él se sentó atrás de ella, para poder observarla y oler el perfume de su pelo tranquilo, sin miedo a que lo descubran.


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