Alma había llegado al pueblo el martes
anterior, su padre era el tan esperado nuevo medico del pueblo. Tenía 19 años, piel blanca y
el pelo negro ébano. Ojos color miel y unas pestañas enormes y estilizadas como
si en la pansa de su madre hubieran tenido ruleros. Alma amaba la música,
aunque su género preferido variaba dependiendo su estado de ánimo. Adoraba la
pintura y por ende la fotografía. <<Quiero pintar papel y
quiero pintar con luz para que en el futuro no estén tan perdidos del pasado
como nosotros>>. Le gustaban los viajes y las mudanzas, cosa a la que
estaba muy acostumbrada desde pequeña. Alma era una idealista exagerada, pasaba largas tardes soñando en el futuro y siempre
se lo imaginaba distinto, pero en algo coincidía siempre: quería ser pintora y
dedicarse a eso toda su vida. <<Si algún día en mi vida de artista me faltara alimento,
comeré alegría que es lo que me va a sobrar>>.
Ni bien Alma
y su padre llegaron al pueblo decidieron sin decirse nada que era el lugar
donde pasarían el resto de sus vidas. Las calles perfectamente dibujadas con
piedras, las flores en las veredas que vestían de colores el
lugar, las casa sin rejas, y el aire más limpio del mundo,era un pueblo de
arboles y cuentos. Don Laureano, el jefe comunal, los ubico en una casa un poco
abandonada, con mucho polvo y recuerdos de los que la habitaron antes, detalles
que ellos no tuvieron tiempo de notar. Era una casa grande con tres
habitaciones, un comedor enorme y una galería
fresca donde los dos quedaron encantados mirando el mar durante dos horas. <<Debemos
hacer cosas grandes para no ser tan pequeños>> decía Pedro con un tono
paterno y reflexivo. Era casi el
mediodía cuando los dos decidieron reaccionar para acondicionar el hogar de sus
vidas. Comenzaron por las habitaciones, tiraron las cosas que no les
pertenecían, limpiaron hasta dejar
reluciente el último rincón, cada uno eligió una habitación donde colocaron su
ropa y objetos personales.


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