sábado, 1 de septiembre de 2012

Al lado del mar III



  Ya era casi la noche cuando terminaron el acondicionamiento, el apetito dolía y  Pedro le propone a su hija salir a comer a un pequeño bar al frente de la plaza donde, según Don Laureano, se come muy buena comida. Los dos se encontraban luego de un rato sentados en la mesa especial del bar “El ancla”, junto a ellos se hallaban un par de parejas comiendo amor con vino, una familia numerosa que se encargaba de romper el silencio tres cuadras a la redonda, y en el fondo del bar, cerca de una ventana abierta se encontraba una mujer rara con vestidos de artistas y rulos despelotados.
La mujer, Matilde, soltera y extraordinariamente alta. Había nacido en el pueblo hacia 56 años, hacia ya varias décadas volvió de París con un titulo de Bellas Artes. Matilde no tenía hijos, y era una mujer  imperturbable y creativa. <<No he tenido hijos por miedo a perder la paciencia y no poder  enseñar, que es para lo que he nacido>>. Entusiasta,mente joven y comprometida. Los niños la amaban y se divertían viendo sus atuendos alocados y su maquillaje al más fiel estilo circense.
 Matilde se encontraba en el bar tomando un whisky importado cuando se dio cuenta de que a pocos metros se encontraba Alma, fue un flechazo de seguridad: se trataba de su nueva aprendiz. Se acerco a la mesa y se presento, Alma y su padre quedaron mudos, era la persona más alta y resplandeciente que hayan visto, se presentaron y la invitaron a tomar asiento. Luego de  una larga charla de presentación se dirigió a Alma con mucho entusiasmo, la invito a participar de sus clases abiertas en la plaza los domingos. Matilde le aclaro que va mucha gente, y que solo se necesita llevar sus elementos necesarios para pintar. Alma, un poco tambaleante, lo tomo como una señal, sonrío y acepto ir a la primera clase el domingo. <<Yo agradezco a los jóvenes que van a la plaza los domingos, me ayudan a no tener miedo de morirme sin haber hecho algo importante>>. 

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