La recordaban cada tarde de modo inconsciente o no, algunas
veces olvidaban de dónde venia ese conjunto de recipientes finos y lujosos que
tantas tardes funciono de alianza. “Los objetos verdaderamente importantes son los que ayudan a valorar las verdaderas
cosas importantes”, decía ella con seguridad de sabia. Recordaban a la tia,
entre otras muchas cosas, como si la vejez fuese ese momento hecho para repasar
el libro propio, la obra propia de cada alma. Todas las tardes con una filosofía feliz; al verlos pareciera que se hallaban en esas sillas blancas totalmente resignados a que su cupo de anécdotas
permitidas por persona se hubieran vacado
hace ya incontables años, como si las páginas escritas de sus vidas debieran
ser conmemoradas y repasadas, en eso debía ocuparse el tiempo. De qué sirven
las historias cuando ya sucedieron...cuando ya no hay más nada alrededor, la
dulce expectativa hacia lo desconocido. Seres paradójicos como todos, deseaban la muerte y amaban la vida. Se sentaban
siempre enfrentados, a las 17:30pm exactamente, pasaban todo el día tratando de que se les
viniera a la memoria el mejor de todos
los cuentos vividos para poder exponerlos en ese pasaje de emociones ante un jurado de risas y
nostalgias. Los últimos 2 años él se dirigía a la galería casi como podía, y
ella podía porque él podía.
Se encontraban en el lugar que deseaban estar,
en el que construía y adornaban todavía hoy, felices y con sensación de plenitud
total. “La vejez te lleva un poco antes de saber cómo vivir y un rato antes de
hacer de la casa lo que uno siempre quiso.” decía él. Una vida armando una morada perfecta, que después de tantos años una
mañana cualquiera de junio, agobiados por el cansancio, se dieron cuenta que lo
que una pareja arma, a través de eso llamado tiempo, es el lugar perfecto donde
esperar la muerte, recibiendo vida y creyendo en ella, donde se debe colocar
todo lo que uno quiere llevarse en los recuerdos y en el espíritu. Es por esto que, no solo porque negaban obstinadamente
la falta de memoria ante sus hijos los afligía tanto no saber de dónde venían
algunas cosas que se hallaban en su casa, los angustiaba intensamente perder
recuerdos. Solución cómica y hasta provisoria
la de inventarse historias ilusorias que justificaban objetos y fotografías,
se ponían de acuerdo, las contaban y luego las olvidaban nuevamente. Dos
personas de cabellos totalmente blancos, como salidos de una comedia que en vez
de gracia endosaban ternura protagonistas de un círculo de perfecta armonía y
complicidad, que solo se logra con los años...
Aprendieron juntos a medir
el tiempo. Los años hace mucho dejaron de ser
días organizados en meses, digno del título teoría de sabios, los dos
estaban convencidos que el tiempo es la ruta que viajaron, los libros que
escribieron, los cuentos que contaron. Tiempo es eso que pasa hasta llegar al
momento en que dos viejos pueden pasar días,
meses y hasta años casi sin dirigirse la palabra, cuando el aura de uno busca
al del otro en un terreno sobrenatural, por encima de la razón, morada donde se
comunican y hasta hacen el amor.
Ahí estuvieron cada tarde de sus últimos años, repasando y
riendo mientras la vida los consumía
dolorosamente. Deseaban que el momento no llegue con sufrimiento, que una tarde
después de su té, los dos se dirijan a
la cama añeja, escenario de amor y de lealtad, y se duerman infinitamente
pensando en lo que en vida dejaron y que están teniendo el fin que desearon
desde el primer beso de amor.

