sábado, 11 de agosto de 2012

Dos y un té


Tomaban el té en el juego de porcelana que los acompaño los 51 años de casados, aquel regalo de una tía quien también fue en sus vidas la persona más gorda que conocieron.
La recordaban cada tarde de modo inconsciente o no, algunas veces olvidaban de dónde venia ese conjunto de recipientes finos y lujosos que tantas tardes funciono de alianza. “Los objetos verdaderamente  importantes son los que ayudan a valorar las verdaderas cosas importantes”, decía ella con seguridad de sabia. Recordaban a la tia, entre otras muchas cosas, como si la vejez fuese ese momento hecho para repasar el libro propio, la obra propia de cada alma. Todas las tardes  con una filosofía feliz; al verlos pareciera que se hallaban en esas sillas blancas totalmente resignados a que su cupo de anécdotas permitidas por persona se hubieran  vacado hace ya incontables años, como si las páginas escritas de sus vidas debieran ser conmemoradas y repasadas, en eso debía ocuparse el tiempo. De qué sirven las historias cuando ya sucedieron...cuando ya no hay más nada alrededor, la dulce expectativa hacia lo desconocido. Seres paradójicos como todos, deseaban  la muerte y amaban la vida. Se sentaban siempre enfrentados, a las 17:30pm exactamente,  pasaban todo el día tratando de que se les viniera  a la memoria el mejor de todos los cuentos vividos para poder exponerlos en ese pasaje  de emociones ante un jurado de risas y nostalgias. Los últimos 2 años él se dirigía a la galería casi como podía, y ella podía porque él podía.
  Se encontraban en el lugar que deseaban estar, en el que construía  y adornaban  todavía hoy, felices y con sensación de plenitud total. “La vejez te lleva un poco antes de saber cómo vivir y un rato antes de hacer de la casa lo que uno siempre quiso.” decía él. Una vida armando una morada  perfecta, que después de tantos años una mañana cualquiera de junio, agobiados por el cansancio, se dieron cuenta que lo que una pareja arma, a través de eso llamado tiempo, es el lugar perfecto donde esperar la muerte, recibiendo vida y creyendo en ella, donde se debe colocar todo lo que uno quiere llevarse en los recuerdos y en el espíritu.  Es por esto que, no solo porque negaban obstinadamente la falta de memoria ante sus hijos los afligía tanto no saber de dónde venían algunas cosas que se hallaban en su casa, los angustiaba intensamente perder recuerdos. Solución cómica y hasta provisoria  la de inventarse historias ilusorias que justificaban objetos y fotografías, se ponían de acuerdo, las contaban y luego las olvidaban nuevamente. Dos personas de cabellos totalmente blancos, como salidos de una comedia que en vez de gracia endosaban ternura protagonistas de un círculo de perfecta armonía y complicidad, que solo se logra con los años...
Aprendieron juntos a medir el tiempo. Los años hace mucho dejaron de ser  días organizados en meses, digno del título teoría de sabios, los dos estaban convencidos que el tiempo es la ruta que viajaron, los libros que escribieron, los cuentos que contaron. Tiempo es eso que pasa hasta llegar al momento  en que dos viejos pueden pasar días, meses y hasta años casi sin dirigirse la palabra, cuando el aura de uno busca al del otro en un terreno sobrenatural, por encima de la razón, morada donde se comunican y hasta hacen el amor.
Ahí estuvieron cada tarde de sus últimos años, repasando y riendo mientras  la vida los consumía dolorosamente. Deseaban que el momento no llegue con sufrimiento, que una tarde después de su té, los dos se dirijan  a la cama añeja, escenario de amor y de lealtad, y se duerman infinitamente pensando en lo que en vida dejaron y que están teniendo el fin que desearon desde el primer beso de amor. 

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