Catalina hamacaba a la pequeña niña en su cuna violeta. Trataba
de explicarse quién había dejado la cuna que perteneció a su madre hace cinco días
en la puerta de su casa. Ella no sabía quién se lo mando ya que la ultima que
sabia el paradero de esa cuna era su abuela, quien falleció hace dos meses
atras y quién fue en su vida no solo la que le preparaba
los pasteles más ricos del mundo, si no que fue la primera persona que la
inculco en el mundo de arte y a la que le debe su condición de música.
La abuela siempre le decía que podía perder todo menos el
estilo. El estilo no era para la abuela algo estético solamente, por supuesto.
Ella hablaba de estilo como si se estuviese refiriendo al distintivo único de
cada ser. Odiaba la palabra personalidad: “La personalidad es algo muy ego
centrista, nacida así y por ende no se somete a quienes no la aceptaban”, era
un círculo maligno para ella. A ella le gustaban los cambios, una vez por mes
se animaba sola desde hace 57 años a pintar su casa de un color distinto. Un
mes le gustaban las flores y otro mes los decorados de madera muerta. Catalina recuerda
aún cuando murió su abuelo: la abuela había pintado la casa de color negro y lo
mantuvo así durante un mes, al mes siguiente lo pinto de blanco y colgó cuadros
de sus cuatros nietos. Ella manifestaba con los cambios su estado de ánimo, y
decía que las personas que se atreven a cambiar son las que no les temen a la
muerte y por eso, decía, viven la vida con menos miedos de hacer mal las cosas.
Ella tenía una obsesión con su forma de verse. Decía siempre
que cuando una persona se viste con el mismo estilo con el que vive ayuda indiscutiblemente
a decorar el mundo en que vivimos, y el
mundo decorado sabe mucho mejor. Era una mujer menuda, de ojos azules, nieta de
alemanes y pelo que se le había ido del dorado al plateado a lo largo de sus 86
años. Le gustaban las antigüedades, la hipnotizaba tocar un objeto e imaginarse
quién lo hubiera tocado, en qué vida y por qué.
La vieja tenía muchas cosas pendientes en la vida. Desde sus
16 años, cuando vivía con sus padres en aquel pueblo de calles de tierra
perdido en la nada, tenía ya la voluntad de comenzar guitarra, pero el único
profesor que enseñaba en ese punto del mundo era el maestro de música de la
escuela pública a la que ella asistía, y eso era un entorpecimiento en sus
ganas de musicalizar su propia vida, no
creía que existía una persona menos dotada
de la vocación docente en el mundo que aquel hombre de bigote dibujado y
pantalones cortos. Se resigno por un
momento de sus ganas, y cuando se mudaron con sus padres a la capital ese deseo
ya estaba hundido y aplastado por otros deseos. Con el tiempo logro hacer
realidad muchas de las cosas que quiso desde pequeña. Ella tomo clases de
piano, capacitaciones para catar tés, ajedrez, corte y confección, reparado de
relojes cucús, albañilería experimental entre muchas cosas más, dedico su vida
a dotarse de conocimientos más que importantes para ella.
Era un ser maravilloso y creativo, al verla reír
expulsaba como polen las ganas de tomar el té y dar paso a charlas
guionadas por duendes del campo con olor a experiencia misteriosa.
Su sensibilidad y personalidad pasaba por lo visual
indiscutiblemente, siempre compartía con sus nietos aquel episodio de niña,
cuando no aguanto la tentación de ponerle un moño a una estatua de Cristo que
se encontraba en la parroquia del barrio donde asistía con su familia casi
todos los domingos; la estatua era blanca hueso y ella consideraba que su
palidez no tenía nada de especial y atractivo: le faltaba realce, así que se
tomo el atrevimiento. El cura se indigno de tal forma, que pasaron tres meses
hasta que pudieron reaparecer en la Iglesia, él decía que fue un acto del
demonio colocarle un moño de color colorado y de seda brillante en la cabeza
del hombre desnudo con genitales surrealistas y desproporcionados.
Cuando Lucia cumplió los 20 años Doña Aurelia, su madre, le
hizo el pastel más grande que pudo y con una cantidad de colores que solo las
mujeres de campo de esa época conocían de dónde obtenerlos. Aurelia explicó, mientras
llevaba ese titánico pastel a la mesa familiar, que era especial porque era el
último pastel que sentía que le correspondía hacerle; no dijo nada más, pero fue
suficiente, Lucia ya estaba en edad de buscar candidato para darles nietos y
así garantizarle una vejez en armonía a sus padres. Ella acato las pretensiones
de los padres y un año después, una semana antes de su cumpleaños número 21, se
caso con Reinaldo, un hombre morrocho y fuerte, curtido por el trabajo duro que
ejecutaba. Reinaldo era un buen hombre e increíblemente bello físicamente, ojos
verdes y su piel oscura; pero Lucia
creía, y con razón, que su más grande defecto era la mezcla de tener un
cuerpo tan bello y un estilo tan ausente, pero ella tomo como un desafío descubrirle
uno, no improvisado si no correspondido. Reinaldo siempre aceptaba lo que
veía tal y como era, y nunca se cuestionaba por qué algo se veía de tal forma y
ni hablar de sumar ideas para que el mundo se viera mejor. Lucia fue durante toda su vida la maestra en
ese arte para Reinaldo, quien poseía como virtud más destacable, su capacidad de
escuchar y dejarse cultivar. El amor que sentía por ella era infinitamente
monumental y todo lo que ella decía tenía
más peso que cualquiera de sus cinco mensajes divinos que Dios le mando y que
guardaba en una caja de madera en el cuarto de arte de Lucia.
Fueron creciendo juntos, como Lucia siempre decía, eran
niños de mente aun cuando se casaron. Compraron su casa en el campo, a una hora
de la capital, no era una casa cómoda para nada ya que a Reinaldo le quedaba más que lejos para ir a
trabajar todas las mañanas, pero ella le había advertido que si sus vidas
unidas en matrimonio no iban a transcurrir en el campo de nada valdría esa
unión. La casa era incomoda, pero no solo por la distancia a la fabrica, si no porque
solo tenía dos habitaciones; pero Lucia quedo encantada, se enamoro
perdidamente de esa galería desde el primer momento, cuando la vio inmediatamente
se le vino un mar de imágenes: miles de cosas colgadas en el techo, miles de texturas diferentes, danzando al
ritmo del viento, y se imagino por primera vez
a sus hijos jugando en el pasto dulce y blando que rodeaba la pequeña
casa. Su primer acto como nueva
habitante de ese mansión de en sueños
fue amontonar las cosas de hogar común en la habitación más grande de la
casa, la otra habitación estaba vacía, y ella pensaba que bañaba de vaciedad toda la casa y también el
mundo, pero ya tenía un plan: lleno de libros el cuarto, muchos de los cuales
nunca leyó y muchos otros eran solo cajas pintadas que actuaban y asumían el
papel de libros. Con el tiempo fue
convirtiéndose en su espacio donde germinaba su más profunda sensibilidad
visual, evolucionaba el lugar y evolucionaba ella. La casa no bastaba para todo
lo que Lucia sacaba de no sé dónde, y aunque la casa crecía a un ritmo
aceptable, no era suficiente. Todos los veranos debía regalar sus obras de
pintura al oleo por falta de espacio, pero ella lo sentía como un aporte a la
estética de la vida; las regalaba al
hogar de ansíanos, a la escuela de costureras, a sus padres, a la plaza, a
cualquier lugar donde le pudieran dar el uso que ella consideraba digno:
observarlos y admirarlos.
Pasaron 2 años desde la mudanza a la casa pequeña, Lucia
comenzó a sentir las primeras señales de que su deseo mas intimo pasó ser carne
que se hacía sentir. Reinaldo llego a la tarde casi noche de la fábrica,
encontró a Lucia en la hamaca de la galería fresca usando la pantalla de paja
que él le había tramado para que se espantara a los mosquitos que visitaban la
casa los días de calor. Lucia, que tenía
preparado y ensayado un sketch teatral para contar la noticia, no se aguanto
las ganas y le dio la noticia de forma alborotada y sin compasión: esperaban un
hijo.
La ansiedad los carcomió esa noche, los dos desaseaban dar a
luz de inmediato. No pudieron concebir un minuto de sueño, repasaron su vida de
amor y hablaron de la vida que ahora venia. Al día siguiente Reinaldo se sintió
libre por decidir no ir a trabajar y dedicar el día entero a fabricar aquel
cesto que se encargaría de guardar a su más
preciado tesoro que pronto vendría a sus vidas, no se
dio cuenta por la excitación y la ansiedad de que era domingo y que de todos
modos no debía ir a la fabrica.
Reinaldo tomo su te con galletas con una expresión en el
rostro que se correspondía con un hombre que sabía lo que debía hacer, termino rápido el trámite de la alimentación y
se dirigió al patio de alfombras verdes con su hacha filosa. Se paro al frente
del árbol que había sembrado hace dos años atrás cuando se mudaron a la casa,
lo observo como contemplando, lo sorprendió lo mucho que había crecido en solo
dos años. Era un árbol tan grande, alto y gordo como lo era violeta. Reinaldo
tardo horas en cortar la madera en grueso, cuando sintió que ya era suficiente le pidió perdón llorando al árbol por
los dolores ocasionados y se dirigió a la galería con su gran materia prima de
color violeta. Allí estaba Lucia quien lo miraba como sintiéndose satisfecha
por el trabajo que había hecho durante el tiempo que vivieron juntos, ella sintió
que por fin Reinaldo se había inspirado a crear algo maravilloso, y así era,
porque esa cuna sería la más hermosa que nadie nunca pudiese imaginar. Reinaldo cortaba y clavaba danzando, como si supiese
de memoria los pasos de construcción y como si hubiese hecho 500 cunas antes de
esa. La cuna quedó terminada antes de que el sol se durmiera en lo profundo, era
un cesto violeta fuerte, con olor a campo y libertad. Tenía la precisión de una
obra de ingeniería, la cuna se hamacaba de una forma tan armónica que a los dos
le pareció perfecta para guardar su fortuna.
Así fue la historia de la cuna violeta, la cuna que uso
Lucia con sus 3 hijos varones y con su pequeña hija mujer, y que hoy Catalina usa con su beba de dos
semanas. A Catalina le cuesta explicarse cómo podría haber llegado esa cuna a
tocar el timbre, pero se convence con
una ecuación propia de un escritor de realismo mágico: si la cuna era de madera
violeta y lograba poner en paz a cualquier ser que se acostara en ella, cualquier explicación
alocada de cómo llego ahí podría ser tomada en serio.
Pilar Arzamendia
Pilar Arzamendia


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