miércoles, 13 de junio de 2012

La cuna violeta


Catalina hamacaba a la pequeña niña en su cuna violeta. Trataba de explicarse quién había dejado la cuna que perteneció a su madre hace cinco días en la puerta de su casa. Ella no sabía quién se lo mando ya que la ultima que sabia el paradero de esa cuna era su abuela, quien falleció hace dos meses atras y quién fue en su vida no solo la que le preparaba los pasteles más ricos del mundo, si no que fue la primera persona que la inculco en el mundo de arte y a la que le debe su condición de música.
La abuela siempre le decía que podía perder todo menos el estilo. El estilo no era para la abuela algo estético solamente, por supuesto. Ella hablaba de estilo como si se estuviese refiriendo al distintivo único de cada ser. Odiaba la palabra personalidad: “La personalidad es algo muy ego centrista, nacida así y por ende no se somete a quienes no la aceptaban”, era un círculo maligno para ella. A ella le gustaban los cambios, una vez por mes se animaba sola desde hace 57 años a pintar su casa de un color distinto. Un mes le gustaban las flores y otro mes los decorados de madera muerta. Catalina recuerda aún cuando murió su abuelo: la abuela había pintado la casa de color negro y lo mantuvo así durante un mes, al mes siguiente lo pinto de blanco y colgó cuadros de sus cuatros nietos. Ella manifestaba con los cambios su estado de ánimo, y decía que las personas que se atreven a cambiar son las que no les temen a la muerte y por eso, decía, viven la vida con menos miedos de hacer mal las cosas.
Ella tenía una obsesión con su forma de verse. Decía siempre que cuando una persona se viste con el mismo estilo con el que vive ayuda indiscutiblemente  a decorar el mundo en que vivimos, y el mundo decorado sabe mucho mejor. Era una mujer menuda, de ojos azules, nieta de alemanes y pelo que se le había ido del dorado al plateado a lo largo de sus 86 años. Le gustaban las antigüedades, la hipnotizaba tocar un objeto e imaginarse quién lo hubiera tocado, en qué vida y por qué. 
La vieja tenía muchas cosas pendientes en la vida. Desde sus 16 años, cuando vivía con sus padres en aquel pueblo de calles de tierra perdido en la nada, tenía ya la voluntad de comenzar guitarra, pero el único profesor que enseñaba en ese punto del mundo era el maestro de música de la escuela pública a la que ella asistía, y eso era un entorpecimiento en sus ganas de musicalizar su propia vida,  no creía que existía una persona menos dotada  de la vocación docente en el mundo que aquel hombre de bigote dibujado y pantalones cortos.  Se resigno por un momento de sus ganas, y cuando se mudaron con sus padres a la capital ese deseo ya estaba hundido y aplastado por otros deseos. Con el tiempo logro hacer realidad muchas de las cosas que quiso desde pequeña. Ella tomo clases de piano, capacitaciones para catar tés, ajedrez, corte y confección, reparado de relojes cucús, albañilería experimental entre muchas cosas más, dedico su vida a dotarse de conocimientos más que importantes para ella.
Era un ser maravilloso y creativo, al verla reír expulsaba  como polen las  ganas de tomar el té y dar paso a charlas guionadas por duendes del campo con olor a experiencia misteriosa.
Su sensibilidad y personalidad pasaba por lo visual indiscutiblemente, siempre compartía con sus nietos aquel episodio de niña, cuando no aguanto la tentación de ponerle un moño a una estatua de Cristo que se encontraba en la parroquia del barrio donde asistía con su familia casi todos los domingos; la estatua era blanca hueso y ella consideraba que su palidez no tenía nada de especial y atractivo: le faltaba realce, así que se tomo el atrevimiento. El cura se indigno de tal forma, que pasaron tres meses hasta que pudieron reaparecer en la Iglesia, él decía que fue un acto del demonio colocarle un moño de color colorado y de seda brillante en la cabeza del hombre desnudo con genitales surrealistas y desproporcionados.
Cuando Lucia cumplió los 20 años Doña Aurelia, su madre, le hizo el pastel más grande que pudo y con una cantidad de colores que solo las mujeres de campo de esa época conocían de dónde obtenerlos. Aurelia explicó, mientras llevaba ese titánico pastel a la mesa familiar, que era especial porque era el último pastel que sentía que le correspondía hacerle; no dijo nada más, pero fue suficiente, Lucia ya estaba en edad de buscar candidato para darles nietos y así garantizarle una vejez en armonía a sus padres. Ella acato las pretensiones de los padres y un año después, una semana antes de su cumpleaños número 21, se caso con Reinaldo, un hombre morrocho y fuerte, curtido por el trabajo duro que ejecutaba. Reinaldo era un buen hombre e increíblemente bello físicamente, ojos verdes y su piel oscura; pero Lucia  creía, y con razón, que su más grande defecto era la mezcla de tener un cuerpo tan bello y un estilo tan ausente, pero ella tomo como un desafío descubrirle uno, no improvisado si no correspondido. Reinaldo siempre aceptaba lo que veía tal y como era, y nunca se cuestionaba por qué algo se veía de tal forma y ni hablar de sumar ideas para que el mundo se viera mejor.  Lucia fue durante toda su vida la maestra en ese arte para Reinaldo, quien poseía como virtud más destacable, su capacidad de escuchar y dejarse cultivar. El amor que sentía por ella era infinitamente monumental y todo lo que ella decía  tenía más peso que cualquiera de sus cinco mensajes divinos que Dios le mando y que guardaba en una caja de madera en el cuarto de arte de Lucia.
Fueron creciendo juntos, como Lucia siempre decía, eran niños de mente aun cuando se casaron. Compraron su casa en el campo, a una hora de la capital, no era una casa cómoda para nada ya que  a Reinaldo le quedaba más que lejos para ir a trabajar todas las mañanas, pero ella le había advertido que si sus vidas unidas en matrimonio no iban a transcurrir en el campo de nada valdría esa unión. La casa era incomoda, pero no solo por la distancia a la fabrica, si no porque solo tenía dos habitaciones; pero Lucia quedo encantada, se enamoro perdidamente de esa galería desde el primer momento, cuando la vio inmediatamente se le vino un mar de imágenes: miles de cosas colgadas en el techo,  miles de texturas diferentes, danzando al ritmo del viento, y se imagino por primera vez  a sus hijos jugando en el pasto dulce y blando que rodeaba la pequeña casa.  Su primer acto como nueva habitante de ese mansión de en sueños  fue amontonar las cosas de hogar común en la habitación más grande de la casa, la otra habitación estaba vacía, y ella pensaba que  bañaba de vaciedad toda la casa y también el mundo, pero ya tenía un plan: lleno de libros el cuarto, muchos de los cuales nunca leyó y muchos otros eran solo cajas pintadas que actuaban y asumían el papel de  libros. Con el tiempo fue convirtiéndose en su espacio donde germinaba su más profunda sensibilidad visual, evolucionaba el lugar y evolucionaba ella. La casa no bastaba para todo lo que Lucia sacaba de no sé dónde, y aunque la casa crecía a un ritmo aceptable, no era suficiente. Todos los veranos debía regalar sus obras de pintura al oleo por falta de espacio, pero ella lo sentía como un aporte a la estética de la vida; las regalaba  al hogar de ansíanos, a la escuela de costureras, a sus padres, a la plaza, a cualquier lugar donde le pudieran dar el uso que ella consideraba digno: observarlos y admirarlos.
Pasaron 2 años desde la mudanza a la casa pequeña, Lucia comenzó a sentir las primeras señales de que su deseo mas intimo pasó ser carne que se hacía sentir. Reinaldo llego a la tarde casi noche de la fábrica, encontró a Lucia en la hamaca de la galería fresca usando la pantalla de paja que él le había tramado para que se espantara a los mosquitos que visitaban la casa los días de calor.  Lucia, que tenía preparado y ensayado un sketch teatral para contar la noticia, no se aguanto las ganas y le dio la noticia de forma alborotada y sin compasión: esperaban un hijo.
La ansiedad los carcomió esa noche, los dos desaseaban dar a luz de inmediato. No pudieron concebir un minuto de sueño, repasaron su vida de amor y hablaron de la vida que ahora venia. Al día siguiente Reinaldo se sintió libre por decidir no ir a trabajar y dedicar el día entero a fabricar aquel cesto que se encargaría de guardar  a su más preciado tesoro que pronto vendría a sus vidas,   no se dio cuenta por la excitación y la ansiedad de que era domingo y que de todos modos no debía ir a la fabrica.
Reinaldo tomo su te con galletas con una expresión en el rostro que se correspondía con un hombre que sabía lo que debía hacer,  termino rápido el trámite de la alimentación y se dirigió al patio de alfombras verdes con su hacha filosa. Se paro al frente del árbol que había sembrado hace dos años atrás cuando se mudaron a la casa, lo observo como contemplando, lo sorprendió lo mucho que había crecido en solo dos años. Era un árbol tan grande, alto y gordo como lo era violeta. Reinaldo tardo horas en cortar la madera en grueso, cuando sintió que ya era  suficiente le pidió perdón llorando al árbol por los dolores ocasionados y se dirigió a la galería con su gran materia prima de color violeta. Allí estaba Lucia quien lo miraba como sintiéndose satisfecha por el trabajo que había hecho durante el tiempo que vivieron juntos, ella sintió que por fin Reinaldo se había inspirado a crear algo maravilloso, y así era, porque esa cuna sería la más hermosa que nadie nunca pudiese imaginar.  Reinaldo cortaba y clavaba danzando, como si supiese de memoria los pasos de construcción y como si hubiese hecho 500 cunas antes de esa. La cuna quedó terminada antes de que el sol se durmiera en lo profundo, era un cesto violeta fuerte, con olor a campo y libertad. Tenía la precisión de una obra de ingeniería, la cuna se hamacaba de una forma tan armónica que a los dos le pareció perfecta para guardar su fortuna.
Así fue la historia de la cuna violeta, la cuna que uso Lucia con sus 3 hijos varones y con su pequeña hija mujer,  y que hoy Catalina usa con su beba de dos semanas. A Catalina le cuesta explicarse cómo podría haber llegado esa cuna a tocar el timbre, pero se  convence con una ecuación propia de un escritor de realismo mágico: si la cuna era de madera violeta y lograba poner en paz a cualquier ser que se acostara en ella, cualquier explicación alocada de cómo llego ahí podría ser tomada en serio.

Pilar Arzamendia

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