Bernarda nunca se hubiera imaginado que lo que
siempre había criticado y nunca había entendido, era para ella, no menos que una posibilidad de realización inmediata.
Acción tardía por la falta de dinero instantáneo, pero con un sentimiento de
necesidad creciente de hacerse ese dibujo en el cuerpo que tanto le representa
el amor que tuvo con él.
Hacía tres meses atrás tampoco hubiera imaginado,
al igual que hacerse el dibujo, encontrarse necesitándolo de tal forma bestial.
Hoy no pudo siquiera terminar la pagina 118 de un libro de 500 páginas de amor mágico,
se dio cuenta que estaba inmersa en un mar de desolación y amargura. Logro por
fin escuchar el sonido de su corazón que se hacía trizas inconscientemente. Ese
sonido estaba oculto, porque ella estaba
cegada por creer que porque su relación fue tan especial, especial seria su
duelo. No fue un proceso fácil darse cuenta de que las promesas que Edmundo le
hizo hasta hace nueve semanas atrás eran solo improvisaciones del momento, sin
sustento del destino y sin pensar en la seguridad que a ella le daría. Él le había
prometido nunca faltarle, cualquiera sea el estado de contacto y relación que tuvieran,
después de tres meses separados ella se sintió sin él por primera vez echándose
la culpa de su ingenuidad por un momento. Se sintió quitándose un pañuelo de
los ojos, puesto tensamente y oculto por la magia que caracterizo ese nudo de
complicidad y aceptación del destino. Hoy , verdaderamente consiente como pocas
veces en su vida, su estado de ánimo es un océano oscuro sin esa luz, ella misma se había ocultado ese dolor hasta hoy, hasta hoy mantuvo
el dolor aplastado por el encantamiento de esa relación y de ese ser que para ella era, y aun es, su
ser de luz. Sintió como escapar de una
prensa a la que veía como creía que era
su duelo, especial y necesaria, su duelo era una prensa.
Bernarda no espera nada de nadie desde que era
chica, no creo que porque alguien le hubiese fallado, más bien por el miedo
prematuro de sufrimiento. Se considero desde el día que cumplió 10 años una
persona vidente y ella misma siempre confiaba en sus predicciones y por más que
no le acertara, ella sola de nuevo se las arreglaba para caer parada y sana.
Siempre fue consciente de muchas cosas que quizás
es lo que la distinguía del montón, y el terror
a caer en la mediocridad se mezclaba con su temor de estancarse en la
mediocridad. Portadora de una cantidad de miedos jamás imaginada por nadie,
pero de todas esas cosas a las que les temía, su mayor tortura seria el miedo a
perder la capacidad de diferenciar los colores del gris.
Victima del vértigo que le implicaba estar en
ese lugar en el que ella misma se colocaba. Visualmente no se me ocurre mejor
forma de explicarlo, ella vivía caminando en una soga, tratando de mantener el
equilibrio siempre, con terror a caer a cualquiera de los dos lados y con un
objetivo en frente al que nunca vio porque
la soga llega al horizonte y sigue. Esa soga la atormentaba tanto o más como
los costados, la atormentaba no saber a qué caminaba y de dónde salía esa pasión
hecha capricho por encontrar lo que se hallaba del otro lado. Ella misma era
ella y era su mejor amiga, y las dos sabían que en el otro extremo de la soga había
algo, pero jamás pudo imaginárselo, razón
suficiente para vivir esa caminata como “mientras
tanto” eterno, tortuoso e inseguro.
Dueña
de dos universos, ella soñaba una vida que no conocía y odiaba la que conocía,
porque siempre decía parecerle gris oscuro por demasía, y consideraba que era
lo que ella tanto temía: una vida mediocre sin colores. Pocas veces coincidía lo que hacía con lo que
pensaba pero cuando esto pasaba, era como una catarata horizontal de pasión dañina,
incontrolable y desmedida.
Esta vida de
desencuentros, entre ella y su alrededor, fue calmado un poco por Edmundo, su
ser de luz. De repente había aparecido
alguien en su vida que la entendía, naturalizaba y la aceptaba. Fue una relación
más que nada hecha dura por la imaginación más que el contacto carnal
propiamente dicho. Los dos tenían más pulida la capacidad de inventar un mundo
donde hacían el amor más que a la capacidad de hacerlo realidad. Eran caminos con
diferentes destinos, y ellos lo sabían desde el primer día, desde la primer
mirada, desde el primer beso. Entender esto a mí se me hace difícil, pero es lo
que hacía que esa relación fuera tan especial.
Ella siempre
trataba de analizar, como era su costumbre, todo lo que le pasaba pero no pudo
con Edmundo. “Una pieza de baile por una pareja hay que ensayarla mucho para lograr
sincronismo”, esa era la analogía del amor que le habían contado, pero por primera
vez, ella se sintió en el extremo de la soga. Inexplicable, los dos bailaban
juntos, sincronizados, como si se hubiesen conocido de toda la vida. Pero ese
baile era casual y lo sabían, había un acuerdo implícito cada vez que hacían el
amor, disfrute y olvido.
Edmundo fue su
ser de luz por una razón concreta, la hizo sentir amada, cuidada y acompañada. Faltaban
15 día para la primavera, y hacia 1 mes que se encontraban en la hamaca de un
patio verde y fresco, sin más relación sexual que la que emitían los ojos cómplices
de conocer esas ganas mutuas, Él le dijo “te amo” y ella lo amo profundamente desde ese instante. En el mismo momento se
encontraron en el mundo dos cataratas desenfrenadas, horizontales, enfrentadas
que chocaron mutuamente. La única comunicación fue carnal durante una hora, los
cuerpos en desnudos se llevaban muy bien y se humedecieron en la misma sensación
de saciedad. Los orgásmicos gritos
callados, la adrenalina que le implicaba el lugar donde los había agarrado esa necesidad
de hacer, las palabras que no se escucharon pero se dijeron, una hora donde
Bernarda se olvido del todo lo que la atormentaba. Había encontrado paz al lado
del cuerpo caliente que la poseía, Edmundo le regalaba inconscientemente el
momento de más tranquilidad y placer interior de toda su vida. Por primera vez,
ella estaba donde quería, desnuda de alma y cuerpo, regalándole la magia que ella siempre guardo como su tesoro intimo, lo compartió
y él lo agarro. Sus miedos cambiaron a lo largo de esa hora, ya no temía
lo que imaginaba, temía a lo que iba a pasar: el desencuentro de los caminos
pactado desde el primer minuto.
Fue el momento mas excitante en la vida de Bernarda, se sintió plena, habían dado apertura a una relación bañada en magia y de puro entendimiento, que carecia totalmente de códigos dramáticos. Esa mezcla de lo se habían entregado mutuamente, en ese escenario perfecto que era la mesa fría en el patio verde, y el pacto de separación se volvió con el tiempo una tortura. Ella sabía que Él era especial, y sabía también que conocerlo fue un atentado contra su propia integridad, ya que estaba segura de que jamás encontraría a alguien igual en el mundo.
Este miedo se hacía sentir a medida que pasaban los días y los meses, y hubiera sido falta de voluntad de Edmundo no darse cuenta de que estaba ahí. Él, que tenía un trato puramente paternal con ella, la calmaba cada vez que lo sentía necesario con promesas llenas de encanto, que para ella era la música más bella.
Bernarda, recordó todo esto, y recordó lo especial que fue y que es esa luz en su vida, no puede enojarse ni sentir rencor porque el amor que ella siente es más grande que cualquier planeta, que cualquier situación, que cualquier persona y que cualquier dolor. Ella ahora le teme a olvidarse de él, quiere ese dibujo del que habrían hablado un invierno entre las frazadas y del que nunca más se olvidaría, quiere pintarlo en su cuerpo hasta el resto de su vida y quiere explicárselo a su futuro marido e hijos. Antes de comenzar la pagina 119 de su libro de amor, se siente consiente y en tierra, se seca la lagrima, sangro por el recuerdo todo lo que fue y todo lo que es, y encontró un poco de alivio que quizás le dure solo hasta mañana, pero ese es otro cuento.
Fue el momento mas excitante en la vida de Bernarda, se sintió plena, habían dado apertura a una relación bañada en magia y de puro entendimiento, que carecia totalmente de códigos dramáticos. Esa mezcla de lo se habían entregado mutuamente, en ese escenario perfecto que era la mesa fría en el patio verde, y el pacto de separación se volvió con el tiempo una tortura. Ella sabía que Él era especial, y sabía también que conocerlo fue un atentado contra su propia integridad, ya que estaba segura de que jamás encontraría a alguien igual en el mundo.
Este miedo se hacía sentir a medida que pasaban los días y los meses, y hubiera sido falta de voluntad de Edmundo no darse cuenta de que estaba ahí. Él, que tenía un trato puramente paternal con ella, la calmaba cada vez que lo sentía necesario con promesas llenas de encanto, que para ella era la música más bella.
Bernarda, recordó todo esto, y recordó lo especial que fue y que es esa luz en su vida, no puede enojarse ni sentir rencor porque el amor que ella siente es más grande que cualquier planeta, que cualquier situación, que cualquier persona y que cualquier dolor. Ella ahora le teme a olvidarse de él, quiere ese dibujo del que habrían hablado un invierno entre las frazadas y del que nunca más se olvidaría, quiere pintarlo en su cuerpo hasta el resto de su vida y quiere explicárselo a su futuro marido e hijos. Antes de comenzar la pagina 119 de su libro de amor, se siente consiente y en tierra, se seca la lagrima, sangro por el recuerdo todo lo que fue y todo lo que es, y encontró un poco de alivio que quizás le dure solo hasta mañana, pero ese es otro cuento.
Pilar Arzamendia

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